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NAVEGAR ELMAR TENEBROSO: Cuando los monstruos van a bordo

 



Hoy no me siento con ganas de escribir. Mil preocupaciones llenan mi mente y enturbian mi ánimo de tal manera que se me ha desvanecido toda inspiración.

Sin embargo, me había comprometido a publicar periódicamente alguna reflexión en este blog… Pero me falta motivación.

Mal comienzo. Examinemos despacio los dos párrafos anteriores.

Solo hay dos referencias directas a mí como protagonista de mi vida: el bajo tono emocional que experimento esta mañana y mi compromiso con el blog, que hoy “me reclama”. En cambio, hay cinco alusiones a entidades abstractas que, por lo que veo, estoy utilizando como excusa para eludir ese compromiso: preocupaciones, mente, ánimo, inspiración y motivación.

Quién es el sujeto de la frase

Fijémonos en la gramática. En “me falta motivación”, el sujeto no soy yo, es la motivación. Lo mismo ocurre con “las preocupaciones llenan mi mente” o “se me ha desvanecido la inspiración”. Sin darme cuenta, he escrito un texto en el que todo actúa menos yo. Me he convertido en complemento de mi propia vida.

Y, sin embargo, quien está esta mañana delante del espejo no es la motivación ni el ánimo. Soy yo. Yo preocupado, yo con el cerebro dándole vueltas a las cosas, yo un poco bajo de ánimo, yo sin demasiada inspiración. Yo, en fin, declarando que estoy desmotivado.

Lo que llevo puesto y lo que soy

Si cuento que hoy me he puesto los vaqueros desgastados, las zapatillas rotas y que todavía no me he peinado (estoy calvo), nadie pensará que son los vaqueros los que deciden adónde voy. En mi vida no mandan mis vaqueros, ni mis zapatillas, ni mi falta de pelo. Mando yo.

Con los estados de ánimo la cosa es más seria, naturalmente. Los vaqueros me los puedo quitar, pero el desánimo no se cuelga en el armario tan fácilmente. Los sentimientos no son adornos. Son parte de mí, y negarlos sería mentirme. Pero que formen parte de mí no significa que decidan por mí.

Mi aburrimiento me empuja hacia la tele y las series sin fin, pero no me obliga a encenderla. Mi timidez hace que esa llamada telefónica me abrume el doble, porque me pueden rechazar, pero no me impide marcar el número. Mi miedo me susurra a la puerta del centro comercial que puedo sufrir un ataque de pánico, pero no me ata los pies.

Los estados de ánimo nos condicionan, sí. Pero no nos gobiernan salvo que les cedamos el mando.

El conductor y sus pasajeros

Steven Hayes, uno de los creadores de la Terapia de Aceptación y Compromiso, lo explica con una imagen muy elocuente: Imagina que conduces un autobús. Tu ruta es la que tú has elegido, la que lleva hacia lo que de verdad te importa. Por el camino van subiendo pasajeros: el miedo, la pereza, la timidez, el recuerdo de aquel fracaso… Algunos son ruidosos y amenazantes. Se acercan a la cabina, protestan y exigen que te salgas de la ruta y los lleves hasta la puerta misma de su casa, porque a ellos les conviene más. Te aseguran que, si no les haces caso, lo vas a pasar muy mal.

El conductor no puede bajarlos del autobús, porque son sus pasajeros. Pero tampoco tiene que obedecerlos. Puede dejar que griten y seguir por su ruta. Los pasajeros hacen mucho ruido, pero no tienen manos para agarrar el volante.

Esa es la clave. No se trata de librarse de los pasajeros ni de controlarlos, sino de no cederles el volante. Es posible escribir sin mucho ánimo (lo estoy haciendo ahora mismo), hacer la llamada con inquietud y timidez, entrar en el supermercado sudando y tembloroso. Y si hoy solo llego hasta la puerta, mañana podré dar un paso más. Cada tramo recorrido con los pasajeros a bordo es la manera más directa de demostrarme quién conduce mi vida. Lo contrario, detenerse cada vez que alguien protesta, es rendirse y claudicar.

Yo y mi circunstancia: un partido de frontón

Ortega lo dejó escrito: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Y añadía algo que a menudo se olvida: “y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Repasemos el sentido de la frase, porque tiene un importante matiz de "rebote". A menudo se la utiliza como excusa para rendirse ante las circunstancias, pero Ortega, en realidad, vuelve a situar la iniciativa en el YO frente a la circunstancia. La circunstancia está ahí, pesa y me rodea, pero no es el sujeto del verbo. No dice “si ella no me salva”, sino “si no la salvo”. El protagonismo vuelve entero al yo, y con él la responsabilidad.

Me gusta imaginar esa relación como un partido de frontón. La pared es la circunstancia: firme, inamovible, ajena a mis deseos. Tiene sus propias leyes, y a veces devuelve la pelota con un ángulo que no esperaba y me obliga a correr y a cambiar de posición. Pero la pared no juega. Nunca da el primer golpe. Si yo no golpeo, la pelota se queda quieta en el suelo y el partido no da comienzo.

El espejo funciona igual. Me devuelve con fidelidad lo que le pongo delante, pero es incapaz de hacer cualquier gesto antes de que yo lo haga.

Los monstruos que llevamos dentro

La vida, la de cada uno, es un territorio en buena parte desconocido. Los antiguos cartógrafos llenaban los márgenes de sus mapas con dragones y serpientes marinas. Donde no sabían qué había, dibujaban un monstruo. Nosotros hacemos lo mismo. Las leyendas que hemos ido aprendiendo, como “no vas a poder”, “eso no es para ti” o “si sale mal, será terrible”, prometen protegernos, pero lo que hacen es impedirnos explorar. En vez de cuidarnos, nos detienen.

Kavafis lo dijo como nadie en su poema sobre el viaje a Ítaca:

"a los lestrigones y a los cíclopes,

al fiero Poseidón no encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si tu alma no los coloca ante ti"

Los lestrigones y los cíclopes de Kavafis son parientes cercanos de los pasajeros de Hayes. No esperan fuera, en el camino. Viajan dentro. Y nosotros, con nuestra fantasía, nos empeñamos en fabricarlos para no tener que emprender el regreso a nuestra vida de verdad.

La propuesta: devolverte el sujeto

Te propongo un ejercicio de cinco minutos. Te sugiero que lo hagas a mano, en un cuaderno. La escritura lenta nos ayuda a mirarnos mejor por dentro.

  1. Escribe la frase que utilizas como excusa, tal como te sale: “No tengo fuerzas”, “El miedo me paraliza”, “Me puede la pereza”.
  2. Reescríbela poniéndote tú como sujeto: “Yo estoy cansado”, “Yo tengo miedo”, “Yo siento pereza”. Observa qué cambia. El pasajero sigue a bordo, pero ahora sabes quién conduce.
  3. Añade una acción, por pequeña que sea: “…y aun así voy a…”. Basta un primer paso: escribir un párrafo, marcar el número, caminar hasta la puerta. Es tu siguiente golpe contra la pared.

Reconciliarse con el espejo

Reconciliarse con el espejo no es aprobarse en todo ni exigirse estar siempre bien. Es mirar a quien tenemos delante sin el disfraz de las excusas y sin reproches, y reconocer que la iniciativa siempre está en nosotros.

Atrévete a ser TÚ para adentrarte por el camino de tu vida, a pesar de los monstruos irreales con los que tu “mente” se empeña en amedrentarte para que no emprendas el viaje.

Puede que imagines que los monstruos van contigo, pero el que lleva el timón eres tú.

Yo hoy no tenía ganas de escribir. Pero me puse a ello y se me fue la desgana...


¿Cuál es la frase con la que tú sueles quedarte fuera de tu propia vida?





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