De pronto, un aguacero furioso, empujado por el viento, convierte los paraguas en simples adornos inútiles. Pese al chubasquero largo de los días que amenazan lluvia, noto cómo las ráfagas de viento estrellan los goterones contra el bajo de mis piernas. Mis manos están empapadas y siento la tela de mi abrigo como el trapo del fregadero.
Mi destino está lo bastante cerca como para descartar la idea del cafelito mientras amaina la lluvia, pero lo suficientemente lejos como para anticipar la inevitable mojadura: llegar a casa, cambiarme de ropa, poner a secar la mojada, calzarme las zapatillas y lidiar con el goteo del paraguas desde la puerta hasta el tendedero, donde tendré que abrirlo "a toda vela" hasta que se seque.
Demasiadas molestias. Yo tengo cosas "importantes" que hacer y me enfada pensar en todo el tiempo que voy a perder en esas trivialidades.
En esto, una gota fría, húmeda, impertinente, se me cuela por el cuello del impermeable para trazar un surco irritante a lo largo de mi espalda.
"En cuanto llegue a casa, me doy una ducha caliente y me cambio de arriba abajo", pienso.
Y, entonces, descubro lo afortunado que soy:
Porque me espera un lugar donde cobijarme.
Porque tengo ropa seca esperándome.
Porque llueve, sí, pero el agua es necesaria y buena.
Porque puedo ver lo desproporcionado de mi enfado y volver a la realidad que, casi siempre, difiere de mi propia interpretación.
Porque comprendo, finalmente, que no soy "yo CONTRA la lluvia" sino "yo CON la lluvia"; que esta es mi vida ahora, tal como es, y que la vida siempre me invita a hacer "lo que es necesario hacer".
Y todas esas pequeñeces que me impone la lluvia son lo que, ahora, en este momento, "es necesario hacer".
Así, una vez que haya puesto en orden todas esas demandas, podré preguntarme serenamente:
Y, ahora ¿Qué es lo que debería hacer?
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