Esta mañana, al disponerme a afeitarme, como cada día, me he “visto” en el espejo. Sorprendido por el rostro levemente familiar que se inclinaba hacia mí, como si quisiera examinarme con detalle, me fijé en los matices que lo definían: la cicatriz junto al párpado, las nuevas zonas sin cabello, las últimas arrugas excavadas. Poco a poco fui recomponiendo las piezas de mi propia historia vital que explican la apariencia de este “nuevo yo” que va sustituyendo al “viejo mí”. Me llevó un tiempo reconocerme. Y, para aceptarme como soy, tuve que convencer primero a mi mente crítica, empeñada en negar las evidencias del paso del tiempo y en exigir respuestas convincentes a preguntas casi imposibles de satisfacer: ¿Por qué soy quien soy? ¿Por qué me pasa lo que me pasa? ¿Por qué no he logrado lo que quería? ¿Qué me falta todavía? ¿Por qué no he logrado ser más…? Preguntas propias de una evaluación final sin posibilidad de recuperación. Me sentí como un objeto viejo, roto en pedazos. Volv...
De pronto, un aguacero furioso, empujado por el viento, convierte los paraguas en simples adornos inútiles. Pese al chubasquero largo de los días que amenazan lluvia, noto cómo las ráfagas de viento estrellan los goterones contra el bajo de mis piernas. Mis manos están empapadas y siento la tela de mi abrigo como el trapo del fregadero. Mi destino está lo bastante cerca como para descartar la idea del cafelito mientras amaina la lluvia, pero lo suficientemente lejos como para anticipar la inevitable mojadura: llegar a casa, cambiarme de ropa, poner a secar la mojada, calzarme las zapatillas y lidiar con el goteo del paraguas desde la puerta hasta el tendedero, donde tendré que abrirlo "a toda vela" hasta que se seque. Demasiadas molestias. Yo tengo cosas "importantes" que hacer y me enfada pensar en todo el tiempo que voy a perder en esas trivialidades. En esto, una gota fría, húmeda, impertinente, se me cuela por el cuello del impermeable para trazar un surco irr...