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Autorrespeto: más allá de la necesidad de aprobación



 

Por qué el respeto por uno mismo va más allá de la autoestima 


UTOPÍA

Cuando se despertó, "el dinosaurio" ya no estaba allí. Ni los vecinos, ni la empresa, ni el supermercado, ni la cafetería de la esquina.

A solas con su propio ser, con sus vivencias, con sus anhelos, con sus temores —multiplicados ahora por la soledad—. El miedo a su futuro, a su indefensión, a la incertidumbre, a la muerte en solitario…

Se miró al espejo. El rostro de siempre. ¿Para qué arreglarse?, pensó; si ya no hay ante quien mostrar ninguna imagen.

Las horas vacías. ¿Qué hacer?, se dijo; si no hay con quién compartir proyectos ni penas.

No tenía objetivos ni metas, alicientes ni ilusiones.

¡Le habían arrebatado la vida! Y empezó a descargar su ira, su frustración, rompiéndolo todo: el espejo, las puertas inservibles de su casa, las lunas de los escaparates… ¡Hasta prendió fuego a un bosque!

Cuando hubo eliminado la adrenalina del miedo y la frustración, sintió la apatía del aburrimiento, el terrible peso de la soledad, la congoja infinita de… ¿la nada?

Entonces, se atiborró de dulces, se embriagó de licores, se anestesió con todo tipo de sustancias.

Pero algo había. Algo existía en aquel universo vacío: su miedo, su ira, su incertidumbre, su apatía.

No eran "buenos" sentimientos. Pero eran "sus" sentimientos.

Miró en torno a sí: su imagen rota en los fragmentos del espejo. ¿Y si se arreglaba? ¿Y si ordenaba su espacio? ¿Y si tomaba decisiones sobre qué hacer en adelante?

Empezó a comprender:

¡Le habían regalado su vida!

Una vida en la que no tenía que ocuparse de su apariencia ante los demás, ni de la opinión o la voluntad de los otros. Sólo de dar cuentas ante su propia conciencia.

No tenía que subordinarse a nadie ni obrar por impulsos ciegos.

Sólo tenía que decidir por propia voluntad. De ese modo, crearía un mundo nuevo.

Su propio universo.

Cuando despertó, le urgieron a que firmara el convenio. Había cláusulas con las que no estaba de acuerdo, pero los suyos estaban muy interesados en hacerse con las riendas.

Pensó que someterse a la presión ajena no era una ley que quisiera para su universo de ensueño.

Así que rechazó la pluma que le ofrecían y salió sin dar explicaciones.

A explorar su mundo nuevo.


La autoestima que nos vendieron

Suele entenderse la autoestima como una especie de obligación de sentirse bien a todas horas, de no recibir críticas ni criticarse, de valorarse por encima de cualquier otra cosa y demandar a los demás que les caigamos bien en todo momento. Es una especie de necesidad de llenarse de positivismo, como si lo incómodo —la decepción, el miedo, la rabia, el vacío— fuera un fallo que hay que tapar cuanto antes. 


Respeto "tal cual" 

El respeto por uno mismo es otra cosa. Es… moralmente superior. No exige sentirse bien sino obrar en todo modo momento “como se debe obrar” —aunque no nos sintamos “bien”—. No actuar por miedo ni por búsqueda de placer o plegamiento al “qué dirán”. Es mirar ese rasgo que no nos gusta en nosotros mismos, o acompañar al amigo triste cuando nos apetecía más salir de fiesta. Pero también, comernos el plato de verdura en lugar de la comida basura que tanto nos apetece. Es intentarlo de nuevo a pesar del cansancio, o hacerlo porque, “en el fondo”, aspiramos a ser más “nosotros mismos” y menos nuestros condicionamientos o nuestros temores. 

Nos respetamos cuando cumplimos con nuestro “deber”, con lo que desearíamos que fuera una norma universal. 

Explicado a la inversa: tal vez justifiquemos una mentira para evitarnos consecuencias indeseables. Mentimos y nos sentimos liberados de la reprimenda. Pero ¿admitiríamos la mentira como norma general, para todas las personas, en todas las relaciones?

Somos nosotros los que decidimos, no nuestro antojo o nuestra tendencia.


Copyright by Kant

Así de contundente es la propuesta de Kant. Hace más de dos siglos escribió que una acción tiene verdadero valor moral no cuando la hacemos por miedo al castigo ni por lo que nos conviene, sino cuando la hacemos por puro respeto a una ley que nosotros mismos sostendríamos como válida para cualquiera. 

Nos hemos quedado con lo superficial, con el “largo plazo” sobre lo inmediato, con el “refuerzo” sobre el deber, con la “estrategia” sobre la rectitud.

Nos hemos quedado en el sueño que no es.




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