Discutir con el espejo
Por qué la mayoría de tus enfados no son con quien crees
Llevaba un buen rato trabajando con mi asistente de inteligencia artificial en una tarea que me importaba de verdad. Le pedí un resumen del trabajo y lo que me devolvió no se parecía en nada a lo pedido: parte de los documentos se había "perdido" y, para colmo, empezó a inventar cosas que yo nunca había introducido. Pasé de la estupefacción a la frustración y a la rabia. Me dieron ganas de insultar... no sé a quién: al ordenador, a la "IA" y a la madre o el padre que la creó.
Tenía ganas de estrangularla.
¡A una cosa INMATERIAL!
Como si fuera un ser real, de carne y hueso, que me hubiera traicionado.
Entonces me di cuenta: no estaba discutiendo con NADIE. Lo hacía conmigo mismo, como si estuviera mirándome en un espejo y viera ante mí mi propia imprevisión por no haber guardado copias, mi negligencia por no haber organizado bien el trabajo, mi impaciencia por quererlo todo hecho, ya.
La IA no tenía la culpa de nada y mi reacción era tan absurda como si me enfadara con unas tijeras porque no me sirven para descorchar una botella. El fallo no estaba en la herramienta, sino en el usuario.
Cuando me calmé y pude pensar con serenidad, me di cuenta de que solemos asomarnos al espejo de nuestras frustraciones con más asiduidad de lo que pensamos: el médico que nos hace esperar cuarenta minutos. El coche que empieza a hacer un ruido nuevo el mismo día que tenemos prisa. La vecina que no termina su conversación en el rellano cuando ya llegamos tarde. El compañero que "casualmente" siempre encuentra el momento de lucirse delante del jefe. Sentimos que el enfado nos llega, nos lo traen desde fuera. Pero lo cierto es que nace y crece dentro, como cuando nos miramos en el espejo y no nos gusta lo que vemos.
La creencia que nadie dice en voz alta
Debajo de casi todas nuestras frustraciones hay un núcleo de actitudes negativas que se nos han ido infiltrando socialmente y ahora están profundamente arraigadas. Albert Ellis denominó a este síndrome básico el triángulo de la TERRIBILITIS-NECESITANTITIS-NOSOPORTANTITIS. "¡Necesito que todo salga bien!" "¡No soporto la menor molestia!" "¡Es terrible tener que repetir una tarea!".
El caso es que la vida es como es, las personas son como son y siempre pasan las cosas que pasan. Nosotros solemos adoptar el papel de víctimas y siempre buscamos un responsable para nuestros males: los demás, la educación, la sociedad, el destino, los políticos, la mala suerte... En cuanto surge el malestar, la frustración, salimos a toda prisa a buscar un culpable. Es más rápido señalar hacia fuera que mirar hacia dentro para detectar y poner a prueba la verdad o falsedad de nuestra creencia.
Porque si hay un culpable ajeno al que cargar con la culpa de lo que nos pasa, nosotros quedamos liberados de la molestia de ponernos "manos a la obra" para arreglar las cosas.
Lo cierto es que hay cosas inevitables y cosas que es preferible no afrontar directamente. Pero la buena noticia es que pase lo que pase fuera de nosotros, en el mundo físico externo, nosotros siempre tenemos la posibilidad de utilizar el espejo de nuestras emociones para decidir lo que hacemos con ellas: utilizarlas como impulso para una acción positiva, adaptarlas de forma realista a la dimensión de la situación indeseada, aceptarlas como reconocimiento de algún aspecto personal que tenemos que mejorar...
Sea cual sea el hecho externo, somos nosotros los que decidimos cuánto combustible emocional le vamos a inyectar.
Mirarnos bien en el espejo
No conviene ignorar las emociones ni dejarse arrastrar por ellas. Lo ideal es mirarlas de cerca y con objetividad. Ese enfado con el médico, por la espera, ¿es solo por los cuarenta minutos, o también porque nos sentimos infravalorados? Esa irritación con la vecina, ¿es por los cinco minutos robados, o porque nos cuesta poner límites sin sentirnos culpables? Ese resentimiento con el colega que "trepa", ¿es por su actitud, o porque nos remueve la inseguridad que llevábamos dentro?
Dicho de otro modo: le damos al espejo la forma de un médico, un mecánico, una vecina o un colega, pero muchas veces lo que refleja es nuestra propia impaciencia, nuestra imprevisión, nuestra intolerancia, nuestra inseguridad. Identificar el rasgo propio, y no quedarse en la forma externa que lo activó, es el paso que de verdad cambia algo.
Herramientas para pulir el espejo
- El cuaderno del espejo. Cuando te enfades, escribe la situación, pero cambia la pregunta: en vez de "¿qué hizo mal el otro?", pregúntate "¿qué rasgo mío, negativo, se ha activado aquí?". No es autoflagelación, es un inventario honesto.
- La frase que cambia de dueño. En caliente, sustituye "me hizo enfadar" por "me estoy enfadando por mi [impaciencia / inseguridad / necesidad de control]". El sustantivo esconde al verbo y nos convierte en víctimas; el verbo nos devuelve la autoría.
- Exposición deliberada. Métete a propósito en pequeñas situaciones de prueba: ve al súper cuando sabes que habrá una larga cola en la caja, aborda a la vecina del rellano interesándote de verdad por ella, ofrécete a ayudar al colega que compite contigo. No para demostrarte nada, sino para entrenar en dosis pequeñas la tolerancia que quieres tener siempre.
- Bajar la expectativa un grado. Cambia "tengo que sentirme bien" por "voy a poder tolerar esta molestia, esta frustración". No es resignación ni positividad forzada: es aceptar que algo de incomodidad es parte razonable del trato con la vida.
Entre el retrovisor y el parabrisas
La utilidad de los retrovisores es que nos dan información de atrás: tenemos camino andado, hemos salido de baches y socavones, alguna vez habremos pinchado... El camino no era como desearíamos y los retrovisores nos brindan información de lo que queda atrás. Ahora hay que mirar hacia delante. Agarrar el volante y continuar por el camino que toca —o el que hemos elegido—. Tomar las riendas de la vida no consiste en eliminar los baches. Esos van a seguir apareciendo. Es aprender a conducir contando con ellos, ajustando la marcha, frenando, maniobrando, esquivando...
¿Hacia dónde estás mirando tú hoy: al retrovisor o al parabrisas?

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