No se trata de hacer un balance contable de logros y fracasos. Se trata de algo más íntimo y más honesto: mirar las fotografías que guardamos en la memoria —la niña o el niño que fuimos, el joven lleno de sueños, la persona adulta que tomó aquella decisión crucial— y preguntarnos qué hilo las une. Qué historia hemos estado contándonos sobre nosotros mismos.
Porque nos contamos historias. Siempre. Soy así porque me criaron así. Soy así porque me pasó aquello. Soy así y ya no puedo cambiar. Esas narrativas tienen la fuerza de las certezas, pero no siempre tienen la solidez de los hechos. Muchas veces son proyecciones del pasado lanzadas hacia el futuro como si fueran destino inevitable.
Y aquí está el giro que lo cambia todo: el futuro no es una prolongación automática del pasado. Es un territorio que todavía no ha ocurrido, y por tanto, un espacio abierto a la decisión.
La imagen que el espejo nos devuelve cada mañana es una información, no una condena. Nos dice dónde estamos, no hasta dónde podemos llegar. Entre el "he sido" y el "me propongo ser" existe una distancia que solo se recorre con una decisión: la de dejar de identificarnos únicamente con lo que ya vivimos y empezar a orientarnos hacia lo que todavía queremos construir.
Esto no significa ignorar la historia personal. Al contrario: reconocerla es imprescindible. Solo quien sabe de dónde viene puede elegir, con verdadera libertad, hacia dónde quiere ir. La memoria no es una cárcel; puede ser una brújula.
La pregunta práctica, entonces, no es solo ¿quién soy? sino ¿quién me propongo ser a partir de ahora? Una pregunta que no se responde de una vez y para siempre, sino cada día, en cada elección pequeña, en cada momento en que decidimos actuar desde lo que queremos llegar a ser y no desde lo que el miedo o la inercia nos dictan.
Somos procesos en curso, no seres acabados. Y eso, lejos de ser una incertidumbre, es la mejor noticia posible.

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