Ir al contenido principal

AUNQUE NO SE TENGAN GANAS

 



Dejemos de esperar "sentirnos bien": nadie llega preparado a la vida


Son las 23:00

Nos disponemos a cerrar el día. Otra vez esa sensación de "día incompleto", malgastado. La lista de cosas pendientes, aplazadas, se queda para mañana, cuando hayamos descansado. Cuando tengamos más energía, más claridad. Ahora necesitamos descansar, "sentirnos bien".

¿Por qué es tan difícil sentirse bien al final del día? ¿No tenemos derecho a gozar un poco de nuestro tiempo, a disfrutar de la vida? ¿No estamos en este mundo para eso?

Tal vez nos han engañado. O puede que no hayamos terminado de asimilar la lección.


Por qué nos cuesta tanto: nadie nos preparó para el estrés

Teníamos que habernos preparado para el estrés cotidiano, para la tensión de cada jornada, para los reveses y los pequeños fracasos. Nadie nos avisó de que eso también forma parte de vivir. Así que, cuando aparece la tensión, buscamos apagarla: la tele, la bebida, la música a todo volumen, las pastillas para dormir, las redes sociales. Todo eso nos adormece mientras la vida se nos escapa.

Y aquí está la trampa: interpretamos esa tensión de fondo como una señal de que algo va mal, de que aún no estamos preparados. Como si primero tuviéramos que estar plenamente motivados, y solo entonces ponernos en marcha.

Pero la vida real es acción, esfuerzo, progreso continuo, pequeños logros y también alguna pérdida. Y la meta final, "la felicidad", no es un lugar al que se llega, un estado en el que por fin nos instalamos para siempre. Eso es justamente lo que nos han vendido: la felicidad como bienestar permanente, como ausencia de tensión.

La meta final es recorrer el camino, con los traspiés y las caídas, con los pasos que a veces pesan, pero con la conciencia de que estamos haciendo nuestro propio camino: el que decidimos hacer, el que nos convierte en quienes somos.

Pensémoslo como una partida de ajedrez. Hay quien vive como una bola de billar: quieta hasta que algo la empuja desde fuera, reaccionando siempre a remolque. Y hay quien juega como un ajedrecista: no controla todas las jugadas del rival ni las circunstancias, pero sabe que cada movimiento suyo cambia el tablero. También hay tensión antes de mover ficha. La diferencia no es la ausencia de estrés, sino la decisión de hacer el movimiento sintiéndolo y aceptándolo, en lugar de esperar a que se disuelva.

Y una cosa más: los altibajos no son fracaso. Son el ritmo normal de cualquier proceso vivo. Retroceder un paso, sentir cansancio, tener una mala semana, no invalida el camino; a veces incluso lo hace más lúcido, porque nos obliga a pararnos y mirar el tablero con perspectiva antes de seguir.


Herramientas para pasar de espectadores a protagonistas

1. Identifiquemos nuestro "punto de decisión" en cada momento

Cada día aparecen pequeños momentos de insatisfacción, pereza o desgana: la señal de que algo nos pide una acción. En lugar de procurar evitarlos, aprovechémoslos para avanzar. Preguntémonos: "¿qué paso pequeño podemos dar ahora mismo, a pesar de esto?". No hace falta una respuesta heroica, basta un gesto modesto: escribir una línea, hacer una llamada, ordenar un cajón, renunciar a un bocado demasiado azucarado...

2. Actuemos "a pesar de", no "cuando"

Cambiemos el guion mental de "lo haré cuando me sienta con ganas" por "lo hago a pesar de no tener ganas". La acción no necesita inspiración previa; genera ella misma la sensación de control y confianza que esperábamos conseguir antes de empezar.

3. Distingamos la acción que nutre de la que adormece

No toda actividad es protagonismo vital. Pasar horas frente a una pantalla puede parecer "hacer algo" y ser, en el fondo, pura evasión. Preguntémonos al final del día: lo que hemos hecho, ¿nos ha conectado con la vida que queremos o solo ha llenado un vacío?

4. Aceptemos el retroceso como parte del juego

Cuando fallemos —y fallaremos—, no lo leamos como prueba de que no valemos o de que el camino está mal elegido. Es una jugada más de la partida. Preguntémonos qué nos enseña ese tropiezo y volvamos a mover ficha, sin necesidad de empezar de cero.


Para cerrar: el tablero ya está dispuesto

No vamos a llegar nunca a un estado de bienestar perfecto, de calma total en el que instalarnos, por fin, sin tensiones. En la partida por jugar, perderemos piezas, rectificaremos movimientos, viviremos momentos de inseguridad y desconcierto. El bienestar  no es el requisito previo para la jugada; es, más bien, la consecuencia de habernos movido. El estrés que sentimos hoy no es la prueba de que algo falla en nosotros: es la señal de que estamos en la partida, no mirando desde fuera.

La pregunta no es si vamos a sentir tensión —la vamos a sentir—, sino qué vamos a hacer con ella.

¿Cuál es, hoy mismo, nuestro pequeño "punto de decisión"? ¿Qué movimiento —por modesto que sea— estamos dispuestos a hacer, a pesar de todo?

 







Comentarios

Entradas populares de este blog

EL TITULAR DE TU DÍA

  Vivimos "contándonos" los días; pero, a veces, nos pasamos los días en el cuento equivocado. ¿Te has fijado en cómo nos hablamos por dentro cuando las cosas no salen como queremos? Nuestra mente no es un narrador neutral. Es, más bien, como el editor jefe del periódico sensacionalista al que estamos suscritos: le fascina el tremendismo, le encanta exagerar y tiene una tendencia exagerada a los titulares catastróficos para eventos que, en realidad, son solo notas a pie de página. En psicología, este se comnoce como reestructuración coginitiva  pero a mí me gusta llamarlo, simplemente, ponerle el titular correcto . Porque lo cierto es que  casi nunca sufrimos por lo que pasa, sino por el titular que ponemos a lo que pasa. La anatomía de un titular: El billete perdido Imagina que metes la mano en el bolsillo y te das cuenta de que has perdido un billete de 100 €. La "realidad" es inalterable: hay 100 € menos en el universo de tu cartera. Sin embargo, tu editor intern...

LO QUE ES NECESARIO HACER

  De pronto, un aguacero furioso, empujado por el viento, convierte los paraguas en simples adornos inútiles. Pese al chubasquero largo de los días que amenazan lluvia, noto cómo las ráfagas de viento estrellan los goterones contra el bajo de mis piernas. Mis manos están empapadas y siento la tela de mi abrigo como el trapo del fregadero. Mi destino está lo bastante cerca como para descartar la idea del cafelito mientras amaina la lluvia, pero lo suficientemente lejos como para anticipar la inevitable mojadura: llegar a casa, cambiarme de ropa, poner a secar la mojada, calzarme las zapatillas y lidiar con el goteo del paraguas desde la puerta hasta el tendedero, donde tendré que abrirlo "a toda vela" hasta que se seque. Demasiadas molestias. Yo tengo cosas "importantes" que hacer y me enfada pensar en todo el tiempo que voy a perder en esas trivialidades. En esto, una gota fría, húmeda, impertinente, se me cuela por el cuello del impermeable para trazar un surco irr...

ME DIO LAS GRACIAS...

Un pie en la acera y el otro, ya adelantado, en la calzada. El semáforo seguía rojo, pero ella se debatía entre la prudencia y la prisa. Los coches venían de ambos lados y no era fácil sincronizar el hueco entre los vehículos para alcanzar, sin sobresaltos, la otra acera. Si se trata de niños o personas mayores, por sistema mi norma es aguardar la luz verde para cruzar, aunque no circulen coches. Creo que, de ese modo, por una parte doy ejemplo y, por otra, respeto la libertad de elección de la otra persona para obrar como mejor lo considere. En este caso, la mujer, ya de cierta edad, murmuraba algo en voz baja: se debatía entre arriesgarse o esperar. Me miró como si me pidiera consejo. Y mientras yo pensaba la respuesta, el hombrecillo verde del semáforo nos sacó de dudas a los dos. Cruzábamos a la par y la mujer, en voz muy queda y mirando al suelo, como si la cosa no fuera conmigo, murmuraba una dirección, sin atreverse a formularla como una pregunta directa. Sin dejar de caminar, l...