Ir al contenido principal

Microrrelatos del Vivir Constructivo: EL EFECTO DOMINÓ


¿Has visto alguna vez una de esas exhibiciones en las que se colocan muchas piezas de dominó a lo largo del suelo y, luego, derribando la primera, todas las demás van cayendo, una tras otra, trazando algún cuadro muy vistoso?

A mí, esas demostraciones me sugieren varias cosas. La primera, es que, detrás de todo efecto espectacular hay siempre un trabajo de preparación que no se ve pero que lleva mucho más tiempo que el que dura el espectáculo visible.

Pero a lo que todo el mundo se refiere al hablar del “efecto dominó” es al hecho de que, para lograr el resultado final, se necesita que cada pieza empuje a la siguiente y, así, una tras otra, hasta que todas cumplen su cometido.

Es un trabajo conjunto e individual: Un trabajo conjunto porque ninguna pieza tiene el protagonismo; todas tienen que cumplir su función según el patrón establecido. Y, al mismo tiempo, es un trabajo individual porque ninguna pieza puede fallar para que se produzca el efecto final. Si una sola pieza dejara de cumplir su papel, toda la preparación habría sido inútil.

¿Y no somos nosotros como piezas de dominó?

Desde nuestra posición, puede que no veamos el conjunto de la tarea que tenemos que llevar a cabo conjuntamente (necesitaríamos ampliar nuestro zoom) pero siempre podemos captar el impulso que nos transmiten los demás: ayuda, información, amabilidad, guía, consejo, compañía…

Sí; es cierto que de otros muchos no parece que recibamos nada positivo: Pero, tal vez, sea porque nosotros mismos les estamos transmitiendo el impulso equivocado, el que no contribuye al objetivo común.

¿Qué nos devolverán, con el tiempo, nuestros “enemigos” si nosotros empezamos a transmitirles comprensión, empatía, ayuda, atención... “buenas vibraciones”?

Comentarios

Entradas populares de este blog

LO QUE ES NECESARIO HACER

  De pronto, un aguacero furioso, empujado por el viento, convierte los paraguas en simples adornos inútiles. Pese al chubasquero largo de los días que amenazan lluvia, noto cómo las ráfagas de viento estrellan los goterones contra el bajo de mis piernas. Mis manos están empapadas y siento la tela de mi abrigo como el trapo del fregadero. Mi destino está lo bastante cerca como para descartar la idea del cafelito mientras amaina la lluvia, pero lo suficientemente lejos como para anticipar la inevitable mojadura: llegar a casa, cambiarme de ropa, poner a secar la mojada, calzarme las zapatillas y lidiar con el goteo del paraguas desde la puerta hasta el tendedero, donde tendré que abrirlo "a toda vela" hasta que se seque. Demasiadas molestias. Yo tengo cosas "importantes" que hacer y me enfada pensar en todo el tiempo que voy a perder en esas trivialidades. En esto, una gota fría, húmeda, impertinente, se me cuela por el cuello del impermeable para trazar un surco irr...

EL TITULAR DE TU DÍA

  Vivimos "contándonos" los días; pero, a veces, nos pasamos los días en el cuento equivocado. ¿Te has fijado en cómo nos hablamos por dentro cuando las cosas no salen como queremos? Nuestra mente no es un narrador neutral. Es, más bien, como el editor jefe del periódico sensacionalista al que estamos suscritos: le fascina el tremendismo, le encanta exagerar y tiene una tendencia exagerada a los titulares catastróficos para eventos que, en realidad, son solo notas a pie de página. En psicología, este se comnoce como reestructuración coginitiva  pero a mí me gusta llamarlo, simplemente, ponerle el titular correcto . Porque lo cierto es que  casi nunca sufrimos por lo que pasa, sino por el titular que ponemos a lo que pasa. La anatomía de un titular: El billete perdido Imagina que metes la mano en el bolsillo y te das cuenta de que has perdido un billete de 100 €. La "realidad" es inalterable: hay 100 € menos en el universo de tu cartera. Sin embargo, tu editor intern...

ME DIO LAS GRACIAS...

Un pie en la acera y el otro, ya adelantado, en la calzada. El semáforo seguía rojo, pero ella se debatía entre la prudencia y la prisa. Los coches venían de ambos lados y no era fácil sincronizar el hueco entre los vehículos para alcanzar, sin sobresaltos, la otra acera. Si se trata de niños o personas mayores, por sistema mi norma es aguardar la luz verde para cruzar, aunque no circulen coches. Creo que, de ese modo, por una parte doy ejemplo y, por otra, respeto la libertad de elección de la otra persona para obrar como mejor lo considere. En este caso, la mujer, ya de cierta edad, murmuraba algo en voz baja: se debatía entre arriesgarse o esperar. Me miró como si me pidiera consejo. Y mientras yo pensaba la respuesta, el hombrecillo verde del semáforo nos sacó de dudas a los dos. Cruzábamos a la par y la mujer, en voz muy queda y mirando al suelo, como si la cosa no fuera conmigo, murmuraba una dirección, sin atreverse a formularla como una pregunta directa. Sin dejar de caminar, l...