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LA FUERZA DE LA FRAGILIDAD

 


Esta mañana, al disponerme a afeitarme, como cada día, me he “visto” en el espejo.

Sorprendido por el rostro levemente familiar que se inclinaba hacia mí, como si quisiera examinarme con detalle, me fijé en los matices que lo definían: la cicatriz junto al párpado, las nuevas zonas sin cabello, las últimas arrugas excavadas. Poco a poco fui recomponiendo las piezas de mi propia historia vital que explican la apariencia de este “nuevo yo” que va sustituyendo al “viejo mí”.

Me llevó un tiempo reconocerme. Y, para aceptarme como soy, tuve que convencer primero a mi mente crítica, empeñada en negar las evidencias del paso del tiempo y en exigir respuestas convincentes a preguntas casi imposibles de satisfacer:

¿Por qué soy quien soy?

¿Por qué me pasa lo que me pasa?

¿Por qué no he logrado lo que quería? ¿Qué me falta todavía? ¿Por qué no he logrado ser más…?

Preguntas propias de una evaluación final sin posibilidad de recuperación.

Me sentí como un objeto viejo, roto en pedazos.

Volví a mirar la imagen del espejo. ¿Dónde quedaba la figura vigorosa de mi época de madurez, el gesto audaz del emprendedor de los “mil fracasos”? ¿Qué lastres habían vencido mis hombros hasta dejarlos en esa postura de renuncia?

Me vi como un recipiente quebrado, inservible, algo destinado a ser desechado.

Entonces, mi yo alucinado, al otro lado del espejo, me sonrió con simpatía y alzó sus manos para mostrarme un cuenco fragmentado… con las suturas soldadas con hilos de oro.

La técnica del kintsugi, la “unión con oro”. El ejemplo que tantas veces había utilizado yo para animar a los desmotivados:

Ashikaga Yoshimasa, un shōgun japonés, envió a China un cuenco de té roto para repararlo, pero los operarios solo pudieron unir los fragmentos con grapas metálicas. 

Insatisfecho, lo entregó a un artesano de Japón que, tras estudiar atentamente los restos, decidió preparar una mezcla de resina y oro para recomponerlo. 

El resultado fue un cuenco nuevo, lustroso. Una obra de arte surgida de lo que parecía irrecuperable.

Pensé entonces en las pequeñas cosas con las que puedo adornar los fragmentos de mi propia vida: la dedicación a los demás, el interés por los amigos, el enriquecimiento de las lecturas, los pequeños aprendizajes nuevos…

Y, en el espejo, me pareció que las arrugas de mi imagen se cubrían de filamentos de oro.

Lástima que, en ese momento, sonó el despertador y, palpando la creciente barba de mi cara, me levanté para darme un buen afeitado...

 


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