Ir al contenido principal

ALHAMDULILLAH


El viaje estaba transcurriendo según lo previsto: Un perfecto aburrimiento; una semana malgastada, sobre todo, teniendo en cuenta las restricciones de acceso a internet disponible tan sólo de regreso al hotel, en los breves períodos -tras la cena y antes de caer rendidos en la cama- en que podía zambullirse de nuevo en su mundo virtual de contactos y mensajes, de fugaces noticias y emoticones que ahorran palabras.

Porque hacía mucho tiempo que él había perdido de vista la realidad. Su mundo, ahora, se circunscribía a la pequeña pantalla del móvil que, engañosamente, lo seducía con el señuelo de una fácil conexión -virtual- con el universo entero.

Pero le había prometido que tendrían unos días tranquilos de vacaciones "auténticas" y, de hecho, se estaba esforzando en cumplir su palabra: Él Se había ocupado de buscar -a través de internet- un buen hotel así como un paquete interesante de visitas y excursiones por toda la región. De hecho, ella estaba fascinada con el encanto de aquella especie de "mil y una noches" en que se habían sumergido y en sus ojos brillaba continuamente una luz nueva de ilusión y entusiasmo que hacía tiempo que había dado por apagada.

Aquel día habían viajado hasta la kasbah más antigua del país. Ella se había comprado un turbante que le prestaba un encantador aire oriental y había posado como una verdadera modelo con el paisaje de fondo de las montañas.

Él, a pesar de sus esfuerzos, no había dejado de aburrirse: encantadores de serpientes, cabras encaramadas en las ramas de los árboles del argan, tertulias de lugareños sentados tranquilamente a la sombra de muros de adobe, jugando al dominó o al ajedrez... y la monótona voz del guía explicando con su acento árabe algunas características del país: las casas se hacen por etapas; el primer año, construyen la planta baja con los ahorros atesorados en el país al que han emigrado; luego, cuando han ahorrado otro poco, hacen la planta de arriba... eso explicaba las muchas casas de adobe inacabadas y vacías que se veían a lo largo de la carretera.

La kasbah de Ait Ben Haddou había sido el broche de oro, última excursión. Luego, descanso en el hotel y avión de vuelta a la "realidad": al teléfono móvil y a la conexión permanente, a los mensajes y los whattsapps. Ya podía empezar a respirar tranquilo.

La tormenta parecía lejana. Él se alegró de que no fuera a pillarlos bajando aquella angosta carretera de montaña. Los negros nubarrones parecían iluminarse desde dentro con sordos relámpagos continuos. El trueno era inaudible; por eso, la tormenta debía estar lejana.

Le llamó la atención la cantidad de personas que, pese a la amenaza de tormenta, estaban fuera de las casas, contemplando el río. No tendrían nada mejor que hacer, pensó para sí con displicencia.

Antes de llegar al final de la bajada, el autobús frenó de golpe. Él dejó de mirar las fotos de la jornada y atisbó por la ventanilla: el río, el pequeño río con apenas dos dedos de agua que habían cruzado por la mañana, había saltado por encima del muro de contención y arrollaba carretera adelante, arrastrando piedras y troncos con una fuerza increíble.

El conductor del autobús, previsoramente, dio marcha atrás para alcanzar un nivel más alto en la carretera mientras el río iba ganando terreno, pendiente arriba. Finalmente, la riada pareció estabilizarse.

Bajó del autobús y se unió a las otras personas que, como él, contemplaban la escena con asombro. Si el autobús hubiera pasado por aquel lugar sólo un minuto antes, el agua los habría arrastrado sin remedio... Pero, gracias a Dios, no les había pasado nada.


Alhamdulillah! Exclamó alguien a su lado traduciendo con gestos los pensamientos entre dramáticos y agradecidos que él estaba experimentando. Miró en dirección a la voz y se encontró con la mirada limpia y la sonrisa agradecida de un árabe que debía estar sintiendo lo mismo que él.

Al...hamduli...llah. Atinó a repetir él torpemente.

Un rato después, tras haber amainado el aluvión, pudieron continuar viaje. 

Ahora no tenía urgencia de consultar su móvil. Contemplaba el paisaje, las casas a medio construir, y se imaginaba una legión de migrantes en distintos países de Europa, trabajando con ahínco para darle una planta más a su casa de adobe... que cualquier día podía llevarse la riada.

Pero, entre tanto, estaban vivos. ¡Alhamdulillah!

Sintió la mano de ella entre las suyas. Sí. Estaban vivos. Y tenían su tiempo por delante. Sin decir una palabra, dejó caer el móvil en la papelera del autobús. La miró a los ojos y le propuso planear el próximo viaje.

Aunque el verdadero viaje era el que estaban haciendo los dos, juntos por la vida.

Alhamdulillah.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

🌕 La luna, el dedo y el espejismo de la felicidad

  Hay una antigua sentencia que ha viajado a través del tiempo y las culturas, y que sigue muy presente —y muy poco atendida— en la marea de publicaciones sobre “la búsqueda de la felicidad”. El sabio señala la luna, pero el necio se queda mirando el dedo. Una frase sencilla, de apariencia casi inocente, pero que encierra una advertencia tan oportuna como necesaria en nuestra época: no confundir el medio con el fin, lo accesorio con lo esencial, el camino con el destino . 📚 La galaxia del bienestar… ¿o del entretenimiento? En el vasto universo del desarrollo personal —libros, cursos, gurús, métodos, talleres— esta advertencia cobra especial relevancia. Nunca como ahora se ha hablado tanto de felicidad , autorrealización , paz interior o autenticidad . Y sin embargo, pocas veces hemos estado tan perdidos , tan dispersos o tan sedientos de algo que no logramos encontrar . Estamos rodeados de técnicas: Ejercicios de respiración Meditaciones guiadas Afirmaciones positi...

EL MILAGRO

  Clara se asomó a la ventana para sentir el aire fresco de primera hora de la mañana. En el extremo del alféizar vio el triste geranio reseco, mustio, contraído, tan necesitado de riego como ella lo estaba de seguridad y control sobre su cuerpo. Que el brote seguía activo lo evidenciaban su debilidad persistente, la visión que se le nublaba y el extraño entumecimiento que le recorría cuerpo y rostro. Por la acera opuesta vio avanzar, con su paso decidido, a la mujer invidente con la que se cruzaba a menudo, una mujer de gesto seguro, siempre bien arreglada, con ese porte que dan los años y la experiencia. ¿Cómo podría arreglárselas una persona con esa discapacidad para llevar el tipo de vida activa que ella parecía desarrollar? Desvió la mirada. Sentía dolor en los ojos si mantenía la vista fija en un punto concreto. Otro de los síntomas del brote. Al principio habían sido sólo pequeñas molestias, fallos funcionales sin importancia, una palabra que no le venía, un ligero mareo...

ME DIO LAS GRACIAS...

Un pie en la acera y el otro, ya adelantado, en la calzada. El semáforo seguía rojo, pero ella se debatía entre la prudencia y la prisa. Los coches venían de ambos lados y no era fácil sincronizar el hueco entre los vehículos para alcanzar, sin sobresaltos, la otra acera. Si se trata de niños o personas mayores, por sistema mi norma es aguardar la luz verde para cruzar, aunque no circulen coches. Creo que, de ese modo, por una parte doy ejemplo y, por otra, respeto la libertad de elección de la otra persona para obrar como mejor lo considere. En este caso, la mujer, ya de cierta edad, murmuraba algo en voz baja: se debatía entre arriesgarse o esperar. Me miró como si me pidiera consejo. Y mientras yo pensaba la respuesta, el hombrecillo verde del semáforo nos sacó de dudas a los dos. Cruzábamos a la par y la mujer, en voz muy queda y mirando al suelo, como si la cosa no fuera conmigo, murmuraba una dirección, sin atreverse a formularla como una pregunta directa. Sin dejar de caminar, l...