Ir al contenido principal

SOBRE LA FELICIDAD (20 de Marzo, Día Internacional de la Felicidad)


 

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado la felicidad. En los relatos mitológicos, esta se describía como un estado original que, por culpa de la desobediencia o la arrogancia humana, se perdió. El relato bíblico del Edén, por ejemplo, describe cómo el ser humano fue expulsado del paraíso tras desafiar los límites impuestos por su creador. De forma similar, en la mitología griega, Pandora, la primera mujer creada por los dioses, al abrir la caja que no debía, liberó el sufrimiento y el mal en el mundo, dejando solo la esperanza como consuelo.

A partir de entonces, la felicidad dejó de ser un derecho garantizado y se convirtió en una aspiración. A lo largo de la historia, distintas corrientes han intentado desentrañar su naturaleza y ofrecer caminos para alcanzarla. Primero fueron los mitos y las religiones, luego la filosofía y, más recientemente, la ciencia. Cada enfoque ha aportado herramientas diferentes: los mitos dieron lugar a prácticas espirituales como la meditación y la contemplación; la filosofía desarrolló sistemas como el epicureísmo, el estoicismo o el existencialismo; y la psicología moderna ha explorado métodos desde el conductismo hasta la llamada “psicología positiva”, centrada en el bienestar y las fortalezas humanas.

Pero la felicidad no es solo un asunto individual. También ha sido reconocida como un derecho social y político. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos la menciona como un derecho inalienable junto a la vida y la libertad. Por su parte, el pequeño reino de Bután ha adoptado el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) como un indicador de desarrollo, considerando aspectos como el bienestar mental, la vida comunitaria y la espiritualidad, más allá del mero crecimiento económico.

Sin embargo, por muchas vueltas que le demos, la felicidad no es un destino fijo ni un estado permanente. No se puede legislar ni decretar. Es más bien un proceso continuo, una búsqueda personal en un camino con altibajos. De hecho, siempre se necesita cierto grado de insatisfacción para seguir creciendo y evolucionando. Además, la felicidad no puede concebirse de manera aislada, sino que está estrechamente ligada a nuestras relaciones y al bienestar de los demás.

Podemos aprovechar la celebración de este Día Internacional de la Felicidad para examinar los factores más relevantes a tener en cuenta para nuestra propia búsqueda de la felicidad teniendo presentes las tres dimensiones clave que, según la mayoría de las propuestas constituyen su fórmula magistral:

  • Bienestar físico: Incluiría el ejercicio regular adecuado a cada edad, una alimentación equilibrada, un descanso suficiente y la práctica de actividades placenteras, aficiones, hobbies, etc.
  • Bienestar mental y emocional: Aquí entrarían la conciencia plena (estar “presentes” en cada cosa que hacemos, tanto si se trata de algo “trascendente” como de una mera labor doméstica o de mirar por la ventana), el aprendizaje continuo (sobre todo, pautas de pensamiento realista), la fijación de objetivos sensatos y la práctica de la gratitud.
  • Bienestar social: Se trata de cultivar relaciones positivas, actuar con generosidad y encontrar un equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos en nuestras interacciones.

En última instancia, la felicidad no es un lugar al que se accede ni un premio que se obtiene al final del camino, sino la forma en la que, día a día, decidimos recorrerlo. Y en ese camino que es necesario recorrer, no debemos olvidar tampoco que la felicidad propia está intrínsecamente conectada a la que procuramos transmitir a los demás

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL MILAGRO

  Clara se asomó a la ventana para sentir el aire fresco de primera hora de la mañana. En el extremo del alféizar vio el triste geranio reseco, mustio, contraído, tan necesitado de riego como ella lo estaba de seguridad y control sobre su cuerpo. Que el brote seguía activo lo evidenciaban su debilidad persistente, la visión que se le nublaba y el extraño entumecimiento que le recorría cuerpo y rostro. Por la acera opuesta vio avanzar, con su paso decidido, a la mujer invidente con la que se cruzaba a menudo, una mujer de gesto seguro, siempre bien arreglada, con ese porte que dan los años y la experiencia. ¿Cómo podría arreglárselas una persona con esa discapacidad para llevar el tipo de vida activa que ella parecía desarrollar? Desvió la mirada. Sentía dolor en los ojos si mantenía la vista fija en un punto concreto. Otro de los síntomas del brote. Al principio habían sido sólo pequeñas molestias, fallos funcionales sin importancia, una palabra que no le venía, un ligero mareo...

LO QUE ES NECESARIO HACER

  De pronto, un aguacero furioso, empujado por el viento, convierte los paraguas en simples adornos inútiles. Pese al chubasquero largo de los días que amenazan lluvia, noto cómo las ráfagas de viento estrellan los goterones contra el bajo de mis piernas. Mis manos están empapadas y siento la tela de mi abrigo como el trapo del fregadero. Mi destino está lo bastante cerca como para descartar la idea del cafelito mientras amaina la lluvia, pero lo suficientemente lejos como para anticipar la inevitable mojadura: llegar a casa, cambiarme de ropa, poner a secar la mojada, calzarme las zapatillas y lidiar con el goteo del paraguas desde la puerta hasta el tendedero, donde tendré que abrirlo "a toda vela" hasta que se seque. Demasiadas molestias. Yo tengo cosas "importantes" que hacer y me enfada pensar en todo el tiempo que voy a perder en esas trivialidades. En esto, una gota fría, húmeda, impertinente, se me cuela por el cuello del impermeable para trazar un surco irr...

ME DIO LAS GRACIAS...

Un pie en la acera y el otro, ya adelantado, en la calzada. El semáforo seguía rojo, pero ella se debatía entre la prudencia y la prisa. Los coches venían de ambos lados y no era fácil sincronizar el hueco entre los vehículos para alcanzar, sin sobresaltos, la otra acera. Si se trata de niños o personas mayores, por sistema mi norma es aguardar la luz verde para cruzar, aunque no circulen coches. Creo que, de ese modo, por una parte doy ejemplo y, por otra, respeto la libertad de elección de la otra persona para obrar como mejor lo considere. En este caso, la mujer, ya de cierta edad, murmuraba algo en voz baja: se debatía entre arriesgarse o esperar. Me miró como si me pidiera consejo. Y mientras yo pensaba la respuesta, el hombrecillo verde del semáforo nos sacó de dudas a los dos. Cruzábamos a la par y la mujer, en voz muy queda y mirando al suelo, como si la cosa no fuera conmigo, murmuraba una dirección, sin atreverse a formularla como una pregunta directa. Sin dejar de caminar, l...