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ALMA A LA VENTA

 
 Dicen que Diógenes se paseaba por Atenas con un farol encendido, a plena luz del día, escudriñando esquinas y rincones ante el asombro y la guasa de buena parte de sus convecinos.

"¿Qué buscas, Diógenes, a pleno sol con tu linterna encendida?" Le preguntaban con sorna

"Busco al 'hombre'". Contestaba el filósofo cuando se dignaba dar una respuesta a quien estaba bastante más necesitado de luces que él mismo.

Ya sabemos que siglos más tarde, ese noble empeño de "buscar al hombre" quedó bastante desvirtuado por obra y gracia de la publicidad de una marca de cosméticos empeñada en reducir la esencia humana a una simple fragancia embotellada en envase de lujo.

Personalmente, no suelo buscar nada por las calles de mi ciudad natal. Pero, de vez en cuando, tengo hallazgos inesperados que, sin ser filósofo, encienden una pequeña luz en las tinieblas de mi mente consumista, lo que me lleva a cuestionarme mis propios planteamientos vitales o, mejor, su ausencia.

Esta vez, el anuncio visto de refilón en la pared maltrecha hizo que me volviera sobre mis pasos: "VENDESE ALMA"; se vende alma.

En principio, pensé que sería un reclamo para la venta del derruido inmueble en el que lo habían fijado. Pero no; no era un piso ni un local comercial lo que se vendía: ¡Era un alma!

Mientras le hacía la foto fui conociendo los detalles del trato que se proponía: el alma se vendía por un precio en especie de fama y fortuna. La tentación perfecta para que el mismísimo demonio enviara un email a la dirección indicada.

Fama y fortuna. Un trueque estremecedor: el anunciante estaría dispuesto a renunciar a lo más esencial de sí mismo, a cambio de volverse rico y famoso.

¿Pero no son esos los supuestos valores a los que nuestra sociedad cibernética rinde culto con mayor devoción?

No se trata ya de emular a los grandes deportistas (no hablemos de científicos o intelectuales) cuya fama y fortuna se debe, en buena medida, a su esfuerzo personal, duro trabajo, dedicación constante y demás fortalezas personales. No; hoy en día se aspira a ser "influencer" o a vivir del cotilleo intrascendente sobre la vida y milagros de otros personajes que, a su vez, viven de la veneración incondicional de su público.

Nada que aporte un "valor añadido" al progreso de la sociedad, a la eliminación de la pandemia que nos va diezmando ni a los valores sobre los que se asienta el auténtico "crecimiento personal"; sólo se busca el aplauso y el beneplácito general a costa de lo que más "venda", no de lo que más "valga".

La cláusula oscura de la propuesta de trueque fijada en la roñosa pared de mi foto es que, en efecto, a medida que la fama y la fortuna "gratuitas" -alcanzadas sin esfuerzo- aumentan, mengua el alma, la esencia, de quien ha decidido recurrir a tan desventajoso trato.

Y es que como señalaba David K. Reynolds, el promotor del "Vivir Constructivo", No hay que hacer el juego a la gente poderosa ni complacerse en las multitudes o buscar seguidores; hay que evitar otorgarles a unos y a otros el control de nuestro vivir.

Seguramente que, en sus días, Diógenes dio con algún que otro "hombre" que llegó a hacer historia. Si hubiera llevado a cabo su búsqueda en esta nueva era virtual, sólo habría hallado aprendices de "influencer" tan efímeros como el correr de las modas.





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