Esta mañana, al disponerme a afeitarme, como cada día, me he “visto” en el espejo. Sorprendido por el rostro levemente familiar que se inclinaba hacia mí, como si quisiera examinarme con detalle, me fijé en los matices que lo definían: la cicatriz junto al párpado, las nuevas zonas sin cabello, las últimas arrugas excavadas. Poco a poco fui recomponiendo las piezas de mi propia historia vital que explican la apariencia de este “nuevo yo” que va sustituyendo al “viejo mí”. Me llevó un tiempo reconocerme. Y, para aceptarme como soy, tuve que convencer primero a mi mente crítica, empeñada en negar las evidencias del paso del tiempo y en exigir respuestas convincentes a preguntas casi imposibles de satisfacer: ¿Por qué soy quien soy? ¿Por qué me pasa lo que me pasa? ¿Por qué no he logrado lo que quería? ¿Qué me falta todavía? ¿Por qué no he logrado ser más…? Preguntas propias de una evaluación final sin posibilidad de recuperación. Me sentí como un objeto viejo, roto en pedazos. Volv...
Narraciones sobre el SENTIDO DE LA VIDA